RESEÑA: “MAESTROS DE DOOM: Como dos colegas crearon un imperio y transformaron la cultura popular”, de David Kushner

Con el corazón a mil por hora, corres por un pasillo oscuro hasta alcanzar una compuerta de metal. Pulsas el panel de control lateral, manchándote las manos de sangre coagulada, y el circuito eléctrico activa el mecanismo de apertura. Antes de asomarte al otro lado, compruebas el cargador del fusil de plasma y, con desagrado, descubres que está a punto de agotarse. <<¡Mierda! ¡La cosa se está poniendo jodida!>>. Rápidamente guardas el fusil y tomas la escopeta recortada. Una sonrisa lúgubre se dibuja en tu rostro. Saltas a la habitación contigua y abres fuego. Dos soldados zombis caen al suelo con las vísceras al aire. Sin perder un segundo, corres hacia un lado a la vez que acabas con un par de demonios del infierno. Oyes un rugido a tu espalda y te das la vuelta. Flotando en el aire, ves un Cacodemon (una masa de carne enorme y de rostro monstruoso) abriendo sus fauces y escupiéndote una bola de fuego. Saltas a un lado y esquivas el proyectil ígneo. De repente, te percatas de un barril de acido bajo el Cacodemon. Apuntas con la escopeta y aprietas el gatillo. El barril explota y la nube de acido derrite al demonio. De entre sus restos, encuentras una tarjeta magnética de color amarillo. Regresas al pasillo oscuro y, al llegar a un cruce, giras hacia la derecha. Ves una compuerta con un panel de control amarillo en un lateral. Introduces la tarjeta magnética y la compuerta se abre. Al cruzarla, te encuentras con un Cyberdemonio listo para darte la bienvenida.

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