Comenzando…

Dejadme que me presente.

Que yo recuerde, desde que tuve uso de razón, quise ser un gánster.

¡Esperar! ¡Un momento! Ese pensamiento no es mío, es de Henry Hill, el personaje interpretado por Ray Liota en Uno de los nuestros. Dejadme comenzar de nuevo. 

Hola. Me llamo Íñigo Montoya. Tú mataste a mi padre. Prepárate a morir. 

¡Maldición! ¡Me he vuelto a equivocar! Ni me llamo Iñigo Montoya, ni salgo en La princesa Prometida. Probemos de nuevo. 

Me llamo Guybrush Threepwood, ¡y quiero ser un pirata! 

La pifié por tercera vez. Ni soy pirata, ni he visitado la isla de los monos, ni bebo Grog. Quizá, a la cuarta, vaya la vencida. 

Me llamo Víctor Mestre Pérez y soy escritor.

Esto ya me suena más exacto, pero… ¿escritor? Sí, así es. Desde hace bien poco, pero sí, soy escritor. ¡Vale! ¡De acuerdo! ¡Es posible que me esté dando excesivas palmaditas en la espalda, habiendo escrito un único libro! Dejémoslo entonces, en un proyecto de escritor. O en un escritor primerizo.

¿Y cómo fue esto de empezar a escribir?

Supongo, que de la misma manera que les pasó a otros tantos escritores primerizos.

Uno empieza leyendo desde muy joven, inspirado por sus padres. Luego, vas adquiriendo tus propios gustos y preferencias literarias (en mi caso, la fantasía, la ciencia ficción y el terror), y te sumerge más y más en los autores consagrados. Llegado el momento, tienes una revelación. “¡Esta gente se gana la vida contando historias! ¡Quiero dedicarme a ello!”  Sin embargo, siendo joven, te sientes inseguro y miedoso ante tal expectativa, por lo que decides aplazar tal empresa.

Pasa el tiempo y amplías horizontes. Te sumerges en nuevos géneros y temáticas. Misterio, novela negra, historia contemporánea, libros de divulgación, etc. Adquieres más conocimientos y bagaje. Regresas a los géneros antaño preferidos y descubres nuevos autores, nuevos enfoques, nuevos estilos.

Y de nuevo, vuelves a tener otra revelación. “Este párrafo lo podría escribir mejor. Y el trasfondo de este personaje podría tener más matices. Y la resolución de este hilo argumental podría ser más épico o más sorprendente. Sí, definitivamente, podría escribir un libro mejor que el que tengo entre mis manos.” Y en ese momento, es cuando una vocecilla, dentro de tu cabeza, te pregunta (o mejor dicho, te desafía): “¿Y por qué no lo haces?”

Ahí es, cuando uno, lleno de arrogancia e insensatez, decide ponerse manos a la obra y demostrar que es capaz de hacerlo. Ahí es cuando empieza todo.

E inmediatamente, es cuando te das cuenta, que el proceso creativo no es un camino de rosas.

Por un lado está el problema de conseguir el hábito de escribir y luchar contra la procastinación (que si la tele, que si el móvil, que si salir a tomar algo). Luego, sigue el darse cuenta lo que cuesta sacar las maravillosas y geniales ideas que uno, como escritor, tiene en la cabeza, y plasmarlas en un texto (ya sea escrito o en word). A esto, hay que añadir las dudas e inseguridades que surgen cuando lo estás plasmando por escrito y, al releerlo, piensas, “menudo truño”. Y todo esto, sin contar los muchos bajones de ánimo al darse uno cuenta como el proceso de escritura es más lento de lo que parece. Son este tipo de problemas lo que minan la moral poco a poco, haciendo que uno se planteé dejarlo todo y olvidarse por completo.

Cosa que me pasó.

Dos veces.

Pero al tercer intento, me convencí, de que al menos, tenía que terminarlo. Más que auto-convencerme, seguí el consejo de Neil Gaiman: “Termina lo que estás escribiendo. Sea lo que sea que hagas, sólo concéntrate en finalizar.” Y eso fue lo que hice. No quería volver a lamentar el hecho de haber dejado otra historia a medías (a medías es un decir. Las dejé mucho antes de llegar a la mitad).

Y de esta forma, después de encontrar una idea digna que desarrollar (en mi humilde opinión, claro está), y de estar un año (y medio… o más) dándole al teclado sin parar, logré terminar el libro que aquí presento: El Heredero Oscuro, una novela de fantasía y humor (o de humor y fantasía, según cómo se mire), donde seguiremos el periplo de Tálori, el hijo del poderoso señor oscuro Tálakar, con tal de recuperar el poder de su progenitor, reconstruir su antiguo reino y enfrentarse con los que acabaron con su padre. Pero Tálori no estará solo en esta aventura. Bob, un salvaje (no muy listo) del clan de Prado Verde, y Galway, un viejo ladrón (metido en problemas con sus antiguos jefes), acompañarán al hijo de Tálakar a lo largo de esta aventura.

Así que, aquí empieza el periplo de los tres personajes.

Y aquí empieza mi periplo como escritor. ¡O como escritor primerizo, como había comentado al principio!

Es mi primer libro, sí, pero espero escribir muchos más… siempre que la procastinación, el desánimo y los bajones anímicos no se ceben de nuevo con mi persona (iluso de mí, ¡Ja!)

Sed bienvenidos y que lo disfrutéis.

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